jueves, 30 de agosto de 2018

8 de septiembre Natividad de la Santísima Virgen María - Fiesta en la Comunidad de Las Marías

Con la novena comienza los preparativos para la fiesta. Que en otros tiempos fue una gran fiesta en la comunidad de Las Marías.

"¿Qué celebramos cada 8 de septiembre?
La celebración de la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María, es conocida en Oriente desde el siglo VI. Fue fijada el 8 de septiembre, día con el que se abre el año litúrgico bizantino, el cual se cierra con la Dormición, en agosto. En Occidente fue introducida hacia el siglo VII y era celebrada con una procesión-letanía, que terminaba en la Basílica de Santa María la Mayor.
El Evangelio no nos da datos del nacimiento de María, pero hay varias tradiciones. Algunas, considerando a María descendiente de David, señalan su nacimiento en Belén. Otra corriente griega y armenia, señala Nazareth como cuna de María.
Sin embargo, ya en el siglo V existía en Jerusalén el santuario mariano situado junto a los restos de la piscina Probática, o sea, de las ovejas. Debajo de la hermosa iglesia románica, levantada por los cruzados, que aún existe -la Basílica de Santa Ana- se hallan los restos de una basílica bizantina y unas criptas excavadas en la roca que parecen haber formado parte de una vivienda que se ha considerado como la casa natal de la Virgen". 

martes, 24 de julio de 2018

Sonidos y paisajes del Santuario







Visitar Las Lajas es evocar mis recuerdos familiares, mi infancia, mi cultura y mis sueños. Tuve la alegría inmensa de trabajar por un mes en este lugar una de las mejores experiencias de mi vida. Recuerdo como si fuera ayer mi primera visita. Tendría unos 6 o 7 años. Hace algún tiempo escribí algunas lineas sobre esto. Felicidades para todos los lectores




Sonidos y paisajes del Santuario







Visitar Las Lajas es evocar mis recuerdos familiares, mi infancia, mi cultura y mis sueños. Tuve la alegría inmensa de trabajar por un mes en este lugar una de las mejores experiencias de mi vida. Recuerdo como si fuera ayer mi primera visita. Tendría unos 6 o 7 años. Hace algún tiempo escribí algunas lineas sobre esto. Felicidades para todos los lectores




miércoles, 28 de marzo de 2018

Triduo Pascual en la capilla San Antonio de Padua en Las Marías

Fraternal saludo. Invitamos a las comunidades vecinas a celebrar con nosotros el Sagrado Triduo Pascual en la capilla San Antonio de Padua en la vereda Las Marías.



JUEVES SANTO

Celebración de la Cena del Señor a las 3 de la tarde.
Tres temas fundamentales de este día:

1) El Sacerdocio Ministerial.
2) La Institución de la Eucaristía.
3) El mandamiento del amor.

Gesto: el lavatorio de los pies.

Testimonio fundamental: el servicio fraterno.

Hora Santa. A las 7 pm.

Después del prendimiento por parte de la guardia del templo es conducido a la casa del Sumo Sacerdote en donde transcurre la noche: las negaciones de Pedro... y la condena a muerte por parte de los Sumos Sacerdotes.

Viernes Santo

Santo Viacrucis. A las 9 pm.

Recorrido por los diversos lugares de la comunidad de Las Marías.

En él se meditan el recorrido que realizó Jesús desde el lugar donde fue condenado a al crucifixión por pare de Poncio Pilato hasta el lugar donde fue crucificado.

Celebración de la Pasión del Señor. A las 3 pm.

La celebración inicia en silencio. El celebrante y sus ministros se colocan de rodillas en algunos lugares se postran mientras mentalmente oran al Señor. Los fieles se colocan de rodillas.

PRIMERA PARTE: Liturgia de la Palabra. Hoy se proclama en el evangelio la Pasión según San Juan.
SEGUNDA PARTE: La adoración de la Santa Cruz. Ofrenda especial para los santos lugares.
TERCERA PARTE: Comunión.

Concluye en silencio.

Nuevamente se desviste el altar como recuerdo de que Jesús muere desnudo en la cruz.

MEDITACIÓN ESPECIAL: LAS SIETE PALABRAS.

Aclaración: se debe recordar que las siete palabras no se encuentran todas en un mismo evangelio, se hace una recopilación de los cuatro evangelios.

Aquí comparto unos apuntes para orientar esta reflexión.

SÁBADO SANTO

En la tarde reunión con los padres y padrinos de los candidatos al Bautismo. Reflexión especial.

REFLEXIÓN MARIANA. a las 4 pm.

SOLEMNE VIGILIA PASCUAL 8 PM.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

A las 12 del meridiano: Solemne Ecuaristía de Resurrección y Bautismos.










miércoles, 12 de abril de 2017

Apuntes para las siete palabras

Diócesis de Ipiales
Parroquia de la Santísima Trinidad
Providencia (Nariño)

Introducción
Cordial saludo para todos.

En la Pascua del año 2016 tuve la grata sorpresa de encontrarme en este templo con un gran amigo: Padre José Félix Yela Mejía y fue la oportunidad para en un diálogo familiar recordar muchas cosas; el trabajo que él realizó por Providencia, algunas cosas de la familia capuchina y bueno no pudo faltar el tema de la cacería y de su próximo viaje a Cali por motivos de salud. Lo que nunca me imaginé fue que esa sería la última vez que nos encontraríamos físicamente. Recuerdo que sentí un poco de nervios cuando comencé a hablar en este mismo lugar, pero, también fue de alegría cuando estrechó mi mano felicitándome. Gracias a Dios por su vida y su lucha por una pureza de  la fe.
Queridos hermanos en esta oportunidad más que una predicación me he propuesto el trabajo de colocar ante Ustedes en contacto con la riqueza de la enseñanza del magisterio de nuestra querida Iglesia Católica, en el contexto de unas ansias de paz. Todos queremos que llegue un paz con justicia social, con equidad…


Primera Palabra: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

1.    Lo primero que quiero invitarlos a pensar es que el perdón es la condición indispensable para una vida en paz, san Juan Pablo II enseña en la Encíclica Dives in misericordie: “El mundo de los hombres puede hacerse «cada vez más humano», solamente si en todas las relaciones recíprocas que plasman su rostro moral introducimos el momento del perdón, tan esencial al evangelio. El perdón atestigua que en el mundo está presente el amor más fuerte que el pecado. El perdón es además la condición fundamental de la reconciliación, no sólo en la relación de Dios con el hombre, sino también en las recíprocas relaciones entre los hombres. Un mundo, del que se eliminase el perdón, sería solamente un mundo de justicia fría e irrespetuosa, en nombre de la cual cada uno reivindicaría sus propios derechos respecto a los demás; así los egoísmos de distintos géneros, adormecidos en el hombre, podrían transformar la vida y la convivencia humana en un sistema de opresión de los más débiles por parte de los más fuertes o en una arena de lucha permanente de los unos contra los otros” (N° 14).

Varios aspectos a subrayar en este denso texto:
ü  El momento del perdón, esto quiere decir que hay que buscar y ofrecer el perdón que humanamente es muy esquivo; por una parte, y por otra señala que el perdón es esencial al evangelio. Esto significa que si queremos ser los discípulos del Maestro tenemos que ir al encuentro del perdón ya sea en la celebración sacramental ya en la reconciliación humana, en el trato con los otros.
ü  El perdón es el máximo testimonio del amor, de allí que esta noche es una invitación al perdón en el seno de nuestra familia, nuestro trabajo y en la vida social de cada uno de nosotros.
ü  El  perdón en las condiciones señaladas impedirá el caer en sistemas de opresión.  Esto quiere decir que el perdón solo es posible gracias al perdón misericordioso como Dios lo ofrece en su mensaje de salvación en esta noche santa.

2.    La iglesia y la familia auténticos lugares de reconciliación y de paz.

“La Iglesia…lugar de auténtica reconciliación. Así, perdonados y reconciliados mutuamente, podrán llevar al mundo el perdón y la reconciliación que Cristo, nuestra paz (cf. Ef 2, 14) ofrece a la humanidad mediante su Iglesia. En caso contrario el mundo parecería cada vez más un campo de batalla, donde sólo cuentan los intereses egoístas y donde reina la ley de la fuerza, que aleja inevitablemente a la humanidad de la deseada civilización del amor”.

El primer lugar, donde el ser humano debe vivir la experiencia del perdón amoroso es la familia, así como la familia está llamada a comunicar los otros valores cristianos está llamada también a comunicar y sobre todo a testimoniar el perdón en las relaciones de pareja y en las relaciones con sus hijos; los padres perdonar a los hijos y los hijos perdonar a los padres. La Iglesia es para el creyente, -como dice el Papa- un “lugar de auténtica reconciliación”, no solamente en el vivencia del sacramento de la reconciliación sino al seno mismo de la comunidad cristiana. Es condición que en ella vivamos el perdón para que podamos de esta manera también ser mensajeros de perdón, es decir, constructores de la paz.

3.    Perdón de todo corazón al hermano

En el número 2843 del Catecismo de la Iglesia Católica se lee: “Así adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor. La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial, acaba con esta frase: "Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano". Allí es, en efecto, en el fondo "del corazón" donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión”.

            Una tarea difícil, pero, no imposible para el que cree, Jesús de Nazareth nos da el ejemplo con ese amor extremo manifestado en la cruz y sellado gloriosamente en la resurrección. Perdón de todo corazón al estilo del perdón amoroso de Dios con cada uno de nosotros es el ejemplo que hemos recibido de nuestro Maestro del perdón. Por eso el trabajo primero, en este campo es nuestro corazón ya que es allí donde la herida del resentimiento, primero, nos ataca y por eso la enseñanza del Papa dice que en él se ata y se desata el amor o el odio. La Iglesia como madre que es no desconoce que sentimos la ofensa, “pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión”. Es decir, que estamos llamados a orar por nuestros enemigos y solo puede orar por el enemigo aquel que ha perdonado profundamente desde lo más íntimo de su corazón.

En este mismo sentido, San Juan Pablo II (1997), afirma: “el perdón, ciertamente, no surge en el hombre de manera espontánea y natural. Perdonar sinceramente, en ocasiones puede resultar incluso heroico. El dolor por la pérdida de un hijo, de un hermano, de los propios padres o de la familia entera por causa de la guerra, del terrorismo o de acciones criminales, puede llevar a la cerrazón total hacia el otro. Aquellos que se han quedado sin nada porque han sido despojados de la tierra y de la casa, los prófugos y cuantos han soportado el ultraje de la violencia, no pueden dejar de sentir la tentación del odio y de la venganza. Sólo el calor de las relaciones humanas caracterizadas por el respeto, comprensión y acogida pueden ayudarles a superar tales sentimientos. La experiencia liberadora del perdón, aunque llena de dificultades, puede ser vivida también por un corazón herido, gracias al poder curativo del amor, que tiene su primer origen en Dios-Amor.


4.    Necesidad de la oración para llegar a un auténtico perdón.

En el número 2844, el Catecismo, enseña: “La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos. Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede ser acogido más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí.

Este camino no puede ser otro que el camino de la gracia o de la cristificación de cada uno de los creyentes y por eso el perdón es presentado como “la cumbre de la oración cristiana”, es por eso, que “el amor es más fuerte que el pecado”. Pero también es el requisito básico de “reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí”.

La palabra del perdón de Jesús de Nazaret en la cruz tiene todas estas características y por eso es mandamiento, testimonio y oración.

5.    Viviendo la realidad de un trato filial con el Padre. No se nos ha de olvidar la ternura con la que nos trata Dios, el Catecismo (N° 2605), dice: “Cuando llega la hora de cumplir el plan amoroso del Padre, Jesús deja entrever la profundidad insondable de su plegaria filial, no sólo antes de entregarse libremente ("Abbá... no mi voluntad, sino la tuya": Lc 22,42), sino hasta en sus últimas palabras en la Cruz, donde orar y entregarse son una sola cosa: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34)”.


Segunda palabra: "Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso."


1.    El perdón y la práctica de la misericordia un camino a la eternidad.

En el número 50 de la encíclica Evangelium Vitae se lee: “Con su muerte, Jesús ilumina el sentido de la vida y de la muerte de todo ser humano. Antes de morir, Jesús ora al Padre implorando el perdón para sus perseguidores (cf. Lc 23, 34) y dice al malhechor que le pide que se acuerde de él en su reino: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). Después de su muerte «se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron» (Mt 27, 52). La salvación realizada por Jesús es don de vida y de resurrección. A lo largo de su existencia, Jesús había dado también la salvación sanando y haciendo el bien a todos (cf. Hch 10, 38). Pero los milagros, las curaciones y las mismas resurrecciones eran signo de otra salvación, consistente en el perdón de los pecados, es decir, en liberar al hombre de su enfermedad más profunda, elevándolo a la vida misma de Dios.

El sentido de la vida que va más allá de la muerte, es decir, la vida misma en Dios la promesa de Dios se cumple en el aquí y en el ahora de la historia: “hoy estarás conmigo en el paraíso”, el pedido del ajusticiado es la humanidad entera que se reconoce limitada y pide la ayuda de divina ya que ve en el crucificado al Mesías de Dios. Ese sentido se da en el hecho de una búsqueda constante de la voluntad de Dios.

De allí que el discípulo siempre está en camino que pasa por la dura experiencia de la muerte para llegar a la vida de la resurrección la palabra definitiva de Dios sobre la vida del  hombre. Pero, no se ha de perder de vista que la salvación no es una conquista humana es un don de Dios, el ser humano lo que hace es colaborar con el trabajo de la gracia cuando abre su corazón a la misericordia y al perdón.

La obra de salvación manifestada con signos prodigiosos durante el ministerio público es el signo de la salvación definitiva, la vida misma en el corazón del misterio de Dios.

2.    La vida de los que han creído y su misterio de comunión con la historia

El Catecismo viene a iluminar esta realidad cuando enseña (N° 1027): “Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman" (1 Co 2,9). Son las palabras que la Palabra de Dios utiliza para hablarnos de esa realidad de la plenitud del Reino de Dios. Esta es una feliz comunión entre los que todavía caminamos en la historia y aquellos que ya han compartido el destino definitivo de Jesús de Nazaret.

Nos se nos ha de olvidar que este año leímos en el evangelio según san Mateo el sermón de la montaña como el programa de vida del discípulo hacer acreedor a las bienaventuradas allí planteas. La manifestación definitiva del Reino en su plenitud es una realidad totalmente nueva tanto así que el Catecismo afirma dice que no es posible una comprensión y una representación adecuada y de allí que el Evangelio nos habla en imágenes como luz, banquete, casa del padre… y por eso recuerda el apóstol Pablo, "lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman" (1 Co 2,9). No es una comunión en el dolor sino en la felicidad de Dios.

En el sentido de los que ya han partido para la casa del Padre el Catecismo agrega(N° 1053): "Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celestial, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como Él es, y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente a nuestra flaqueza".

La Iglesia celestial o del cielo son aquellos hermanos que nos han precedido en el signo de la fe y que reciben desde ya los adelantos del Reino de los cielos para hablar en términos del evangelio según san Mateo.


Tercera palabra "Mujer, ahí tienes a tu hijo, hijo eh ahí tu madre”.

Una invitación a ver una síntesis de la presencia de la mujer en el evangelio que la encontramos en la encíclica Madre del Redentor (13), la cual quiero compartir en esta noche:

Recorriendo las páginas del Evangelio –dice san Juan Pablo II- pasan ante nuestros ojos un gran número de mujeres, de diversa edad y condición. Nos encontramos con mujeres aquejadas de enfermedades o de sufrimientos físicos, como aquella mujer poseída por «un espíritu que la tenía enferma; estaba encorvada y no podía en modo alguno enderezarse» (Lc 13, 11), o como la suegra de Simón que estaba «en cama con fiebre» (Mc 1, 30), o como la mujer «que padecía flujo de sangre» (cf. Mc 5, 25-34) y que no podía tocar a nadie porque pensaba que su contacto hacía al hombre «impuro». Todas ellas fueron curadas, y la última, la hemorroísa, que tocó el manto de Jesús «entre la gente» (Mc 5, 27), mereció la alabanza del Señor por su gran fe: «Tu fe te ha salvado» (Mc 5, 34), Encontramos también a la hija de Jairo a la que Jesús hizo volver a la vida diciéndole con ternura: «Muchacha, a ti te lo digo, levántate» (Mc 5, 41). En otra ocasión es la viuda de Naim a la que Jesús devuelve a la vida a su hijo único, acompañando su gesto con una expresión de afectuosa piedad: «Tuvo compasión de ella y le dijo: "No llores"» (Lc 7, 13). Finalmente vemos a la mujer cananea, una figura que mereció de parte de Cristo unas palabras de especial aprecio por su fe, su humildad y por aquella grandeza del espíritu de la que es capaz sólo el corazón de una madre: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas» (Mt 15, 28). La mujer cananea suplicaba la curación de su hija.

Quiero subrayar que además de ver los milagros realizados en la relación con la mujer, muestran la importancia de la misma en materia del seguimiento del Señor, y se restituyen a la comunidad para el discipulado, esto hizo que al pie de la cruz no fueran los discípulos los que estuvieran sino las mujeres que de lejos miraron la muerte de Jesús, si seguimos la versión sinóptica (Mateo, Marcos y Lucas) y el evangelio según San Juan que en el momento cumbre de la glorificación coloca al pie de la cruz a María Madre de Jesús y junto a ella al discipulado amado. Son ellos el testimonio de la fidelidad del seguimiento. Por tanto es todo un camino de seguimiento.

María Santísima no es la excepción ella también ha hecho el camino de la fe que es en lo que insiste San Juan Pablo en su Encíclica, la fe. De allí que nuevamente debemos volver los ojos a la mujer madre comunicadora de los valores familiares, culturales y lógicamente los valores de la fe. Por eso pensamos que esta semana santa debemos hablar de la mujer como constructora de la paz ya que ella con su ternura y amor filial puede contribuir también a estos valores. Y colocamos esta tarea bajo la protección de nuestra Madre la Virgen Santísima.



Siguiendo la estructura literaria del cuarto evangelio que plantea que la obra después del prólogo se puede dividir en dos partes la primera que concluiría en el capítulo 13 y cuyo tema de corte es el tema de la hora y cuyo eje temático es la venida del Hijo al mundo y su acción histórica. En ese sentido el documento que venimos citando dice:
Si el pasaje del Evangelio de Juan sobre el hecho de Caná presenta la maternidad solícita de María al comienzo de la actividad mesiánica de Cristo, otro pasaje del mismo Evangelio confirma esta maternidad de María en la economía salvífica de la gracia en su momento culminante, es decir cuando se realiza el sacrificio de la cruz de Cristo, su misterio pascual.
(Madre del Redentor N° 23).

Dos aspectos que quiero que consideremos, en primer lugar, lo que el documento llama la “maternidad solícita” de María madre de Jesús. Ella cuida con amor maternal de todos nosotros más allá de nuestros pedidos porque está ahí en el corazón de la dificultad y de los problemas y por eso no entiende desde dentro, popularmente, decimos que no es fácil estar en los zapatos de otro. Pero, no hay que  olvidar que este cuidado es especial es sobrenatural y es cercano como el cuidado de mamá con sus hijos que ama.

La descripción de Juan es concisa: "Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn. 19, 25-27)

En segundo lugar, esta misión maternal de María Santísima es confirmada por su hijo Jesús en el momento cumbre de su sacrificio, en el momento de la hora para utilizar los términos del cuarto evangelio. El santo padre dice: “La descripción de Juan es concisa: "Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn. 19, 25-27). La tradición siempre ha reconocido en el discípulo a quien Jesús amaba a la Iglesia y por ello proclama en su Magisterio a María madre de Jesús como madre de la Iglesia, es decir, nuestra madre.

En este mismo sentido el N° 44 de la Encíclica que venimos citando nos da un elemento más de orientación:
Se descubre aquí el valor real de las palabras dichas por Jesús a su madre cuando estaba en la cruz: "Mujer, ahí tienes a tu hijo" y al discípulo: "Ahí tienes a tu madre" (Jn. 19, 26-27). Son palabras que determinan el lugar de María en la vida de los discípulos de Cristo y expresan -como he dicho ya- su nueva maternidad como madre del redentor: la maternidad espiritual, nacida de lo profundo del misterio pascual del redentor del mundo. Es una maternidad en el orden de la gracia, porque implora el don del Espíritu Santo que suscita los nuevos hijos de Dios, redimidos mediante el sacrificio de Cristo: aquel Espíritu que, junto con la Iglesia, María ha recibido también el día de Pentecostés.



Cuarta palabra: "¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?"
Confianza absoluta en el Padre…

Esta frase como he compartid en otras ocasiones es el comienzo del salmo 22 (21) y hay que entender esta palabra en el contexto del salmo en mención, muy probablemente Jesús oró con todo el salmo. De allí que en esta palabra los invito primero a que demos una mirada al salmo y ojalá en casa lo leamos completo.

Comentario

El salmo describe el terrible sufrimiento del siervo de Yahaveh, no obstante hay que observar que parte la oración del reconocer la Santidad de Dios y que Él es la esperanza de Israel. También el salmista presenta las reacciones de la gente frente al terrible sufrimiento, en los versículos 7 -8, se lee: “Y yo, gusano, que no hombre, vergüenza del vulgo, asco del pueblo,  todos los que me ven de mí se mofan”.

Desde la situación  desgarradora del sufrimiento del siervo se eleva un oración de confianza, frases como las siguientes dan razón de esta afirmación: “En ti esperaron nuestros padres, esperaron y tú los liberaste (V. 5); es de Yahveh el imperio, del señor de las naciones(29); sí, tú del vientre me sacaste, me diste confianza a los pechos de mi madre (10) y  Porque no ha despreciado ni ha desdeñado la miseria del mísero; no le ocultó su rostro, mas cuando le invocaba le escuchó”.

También profetiza tiempos nuevos los de la presencia Mesiánica: “Los pobres comerán, quedarán hartos” (v. 27); y coloca el origen de la oración “De ti viene mi alabanza en la gran asamblea, mis votos cumpliré ante los que le temen” (26).  El acontecimiento se convertirá en anuncio: “¡Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré! (v. 23) y le servirá su descendencia: ella hablará del Señor a la edad venidera, contará su justicia al pueblo por nacer: Esto hizo él” (vv. 31-329).

El reconocimiento final: “Ante él solo se postrarán todos los poderosos de la tierra, ante él se doblarán cuantos bajan al polvo” (v. 30);  “ante él se postrarán todas las familias de las gentes” (v. 28). No olvidemos que todo el salmo está en el contexto de una oración profunda.

Nuestro país y también el cristianismo vive la dolorosa experiencia división el santo Padre en el contexto de la reconciliación dice:

Precisamente ante el doloroso cuadro de las divisiones y de las dificultades de la reconciliación entre los hombres, invito a mirar hacia el misterio de la cruz como al drama más alto en el que Cristo percibe y sufre hasta el fondo el drama de la división del hombre con respecto a Dios, hasta el punto de gritar con las palabras del Salmista: «Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?», llevando a cabo, al mismo tiempo, nuestra propia reconciliación (Exhortación apostólica sobre la misericordia N° 7).

En la interpretación del Santo Padre las palabras pronunciadas por Jesús en la cruz llevan a cabo nuestra propia reconciliación. “Nosotros sabemos,  en efecto, -dice el Papa-,que tal reconciliación entre los mismos no es y no puede ser sino el fruto del acto redentor de Cristo, muerto y resucitado para derrotar el reino del pecado, restablecer la alianza con Dios y de este modo derribar el muro de separación que el pecado había levantado entre los hombres”.


Después de las palabras en Getsemaní vienen las pronunciadas en el Gólgota, que atestiguan esta profundidad -única en la historia del mundo- del mal del sufrimiento que se padece. Cuando Cristo dice: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», sus palabras no son sólo expresión de aquel abandono que varias veces se hacía sentir en el Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos y concretamente en el Salmo 22 [21], del que proceden las palabras citadas.

Puede decirse que estas palabras sobre el abandono nacen en el terreno de la inseparable unión del Hijo con el Padre, y nacen porque el Padre «cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros» y sobre la idea de lo que dirá San Pablo: «A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros». Junto con este horrible peso, midiendo «todo» el mal de dar las espaldas a Dios, contenido en el pecado, Cristo, mediante la profundidad divina de la unión filial con el Padre, percibe de manera humanamente inexplicable este sufrimiento que es la separación, el rechazo del Padre, la ruptura con Dios. Pero precisamente mediante tal sufrimiento El realiza la Redención, y expirando puede decir: «Todo está acabado». (Salvifici doloris N 18).


San Juan de la Cruz “escribió ciertamente una de las páginas más sublimes de la literatura cristiana. Cristo vivió el sufrimiento en todo su rigor hasta la muerte de cruz. Sobre Él se concentran en los últimos momentos las formas más duras del dolor físico, psicológico y espiritual: "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27, 46). Este sufrimiento atroz provocado por el odio y la mentira, tiene un profundo valor redentor. Estaba ordenado a que "puramente pagase la deuda y uniese al hombre con Dios". Con su entrega amorosa al Padre, en el momento del mayor desamparo y del amor más grande, "hizo la mayor obra que en toda su vida con milagros y obras había hecho, ni en la tierra ni en el cielo, que fue reconciliar y unir al género humano por gracia con Dios". El misterio de la cruz de Cristo desvela así la gravedad del pecado y la inmensidad del amor del Redentor del hombre (Carta apostólica maestro en la fe n 16)

Varias cosas a resaltar en este texto de la carta apostólica Maestro en la fe:
ü  Valor redentor del sacrificio de la cruz
ü  Momento de mayor desamparo y de mayor amor que se convierte en la obra más grande de la obra redentora: “reconciliar y unir al género humano por gracia con Dios”.
ü  Gravedad del pecado y la inmensidad del amor Redentor del hombre.

En nuestra vida de fe, “el misterio de la cruz de Cristo es referencia habitual y norma de vida cristiana… la fe se convierte en llama de caridad, más fuerte que la muerte, semilla y fruto de resurrección: "No piense otra cosa -escribe el santo en un momento de prueba- sino que todo lo ordena Dios; y adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor". Porque, en definitiva: "A la tarde te examinarán en el amor" (Carta apostólica maestro en la fe n 16).

Llama caridad más fuerte que la muerte.
Semilla y fruto de la resurrección.
A la tarde te examinarán sobre el amor.


Quinta Palabra: “Tengo sed”.

¿Cuál es tu sed? Poder, fama, prestigio, idolatría…

Sed opuesta a la voluntad del Padre en uno de los documentos (solicitudo rei sociales N° 37) el santo Padre dice:
A este análisis genérico de orden religioso se pueden añadir algunas consideraciones particulares, para indicar que entre las opiniones y actitudes opuestas a la voluntad divina y al bien del prójimo y las "estructuras" que conllevan, dos parecen ser las más características: el afán de ganancia exclusiva, por una parte; y por otra, la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás la propia voluntad. A cada una de estas actitudes podría añadirse, para caracterizarlas aún mejor, la expresión: "a cualquier precio". En otras palabras, nos hallamos ante la absolutización de actitudes humanas, con todas sus posibles consecuencias… Y como es obvio, no son solamente los individuos quienes pueden ser víctimas de estas dos actitudes de pecado; pueden serlo también las naciones y los bloques. Y esto favorece mayormente la introducción de las "estructuras d pecado", de las cuales he hablado antes. Si ciertas formas de "imperialismo" moderno se considerarán a la luz de estos criterios morales, se descubriría que bajo ciertas decisiones, aparentemente inspiradas solamente por la economía o la política, se ocultan verdaderas formas de idolatría: dinero, ideología, clase social y tecnología.

Sed en este mensaje la tomamos en el sentido figurado, entendido como un deseo profundo del ser humano sabiendo que éste no siempre desea lo bueno o lo mejor desde el punto de vista ético o moral. Puede haber una sed que no es la sed de divina sino la sed del ser humano lejos de Dios y por eso como es cuchado es opuesta a la voluntad de Dios y al bien del prójimo. Por encima de esto está la ganancia desmedida y el abuso del poder porque no se hace en el sentido evangélico del servicio sino para imponer mi propia voluntad y es ahí dónde está el pecado. Y el Papa agrega una frase muy común hoy entre nosotros “a cualquier precio”. De estos somos víctimas las personas y también los bloques económicos.

Podríamos seguir señalando muchos más ejemplos de la sed del ser humano no acordes con la voluntad de Dios. La sed de Jesús en la cruz es la sed de hacer la voluntad del Padre. Hoy más que nunca hay en Colombia una sed de paz, que como decíamos al comienzo no se pude dar sin una construcción social, sin una justicia, sin fuentes de trabajo, sin salarios justos, sin igualdad de oportunidades.

“La vida según el Espíritu, -dice el Papa, siguiendo a san Pablo-, cuyo fruto es la santificación (cf. Rm 6, 22; Gál 5, 22), suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres y de los que sufren” (Cristi Fedelis Laici N° 16).

El Santo Padre nos traza un camino a seguir que no es otro que el camino del Evangelio: seguimiento de Cristo, recibiendo las bienaventuranzas, meditando la Palabra de Dios, participación consciente y activa de la vida sacramental, la oración (que debe ser individual, familiar y comunitaria), deseo profundo de la justicia, practicar el mandamiento del amor y el servicio a los hermanos.

Siguiendo esta invitación del Papa y de las circunstancias que vive nuestro país les invito en esta noche de viernes santo a que meditemos en la bienaventuranza: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”(Mt 5, 9). “Por otra parte, es completamente insuprimible la aspiración de los individuos y de los pueblos al inestimable bien de la paz en la justicia. La bienaventuranza evangélica: "dichosos los que obran la paz" (Mt 5,9) encuentra en los hombres de nuestro tiempo una nueva y significativa resonancia: para que vengan la paz y la justicia, enteras poblaciones viven, sufren y trabajan.
La participación de tantas personas y grupos en la vida social es hoy el camino más recorrido para que la paz anhelada se haga realidad. En este camino encontramos a tantos fieles laicos que se han empeñado generosamente en el campo social y político, y de los modos más diversos, sean institucionales o bien de asistencia voluntaria y de servicio a los necesitados. Es decir “obras son amores y no buenas razones”, pregona el dicho popular.

La sed mayor del creyente, es decir, el deseo más profundo debe ser a ejemplo de su Maestro: hacer la voluntad del Padre, por eso el N° 606 del Catecismo se lee:

“El Hijo de Dios "bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado" (Jn 6,38), "al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Heb 10,5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4,34). El sacrificio de Jesús "por los pecados del mundo entero" (1 Jn 2,2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: "El Padre me ama porque doy mi vida" (Jn 10,17). "El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn 14,31).

Este rico texto del Magisterio de nuestra Iglesia hace una iluminación bíblica y a la vez una síntesis para mostrar el hecho de que Jesús vino para hacer la voluntad del Padre, desde la Encarnación hasta la Pascua. Por eso la invitación a interiorizar en nosotros la voluntad de Dios y la pregunta constante para discernir: ¿Lo que voy a hacer es la voluntad de Dios o es mi propia voluntad caprichosa la que prima en mis decisiones? Por eso mismo este mismo documento en el N° siguiente señala: “Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: "¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!" (Jn 12,27). "El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?" (Jn 18,11). Y todavía en la cruz, antes de que "todo esté cumplido", dice: "Tengo sed" (Jn 19,28).(N° 607).



Sexta palabra: “Todo está cumplido.”

Una nueva sociedad que comienza
San Juan Pablo II escribe: “Existe, sin embargo, otro hecho concreto que llama mi atención y me hace meditar con emoción: «Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: "Todo está cumplido". E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn 19, 30). Y el soldado romano «le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34), (Evangelium vitae 51).

“Todo ha alcanzado ya su pleno cumplimiento. La «entrega del espíritu» presenta la muerte de Jesús semejante a la de cualquier otro ser humano, pero parece aludir también al «don del Espíritu», con el que nos rescata de la muerte y nos abre a una vida nueva”. Es importante ver como el Santo Padre nos da dos elementos importantes para la reflexión: esta palabra representa la muerte de Jesús similar a la de cualquier ser humano y a la vez don del Espíritu que nos rescata de la muerte y nos abre el camino a una vida nueva en Dios.

“El hombre participa de la misma vida de Dios. Es la vida que, mediante los sacramentos de la Iglesia -de los que son símbolo la sangre y el agua manados del costado de Cristo-, se comunica continuamente a los hijos de Dios, constituidos así como pueblo de la nueva alianza. De la cruz, fuente de vida, nace y se propaga el «pueblo de la vida».” Gran regalo desde la cruz de Jesús la vida sacramental que prolonga en la historia y hasta la plenitud el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo.

“La contemplación de la cruz nos lleva, de este modo, a las raíces más profundas de cuanto ha sucedido. Jesús, que entrando en el mundo había dicho: «He aquí que vengo, Señor, a hacer tu voluntad» (cf. Hb 10, 9), se hizo en todo obediente al Padre y, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1), se entregó a sí mismo por ellos”.

Él, que no había «venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45), alcanza en la cruz la plenitud del amor. «Nadie tiene mayor amor, que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Y él murió por nosotros siendo todavía nosotros pecadores (cf. Rm 5, 8). De este modo proclama que la vida encuentra su centro, su sentido y su plenitud cuando se entrega.

En este punto la meditación se hace alabanza y agradecimiento y, al mismo tiempo, nos invita a imitar a Jesús y a seguir sus huellas (cf. 1 P 2, 21).
También nosotros estamos llamados a dar nuestra vida por los hermanos, realizando de este modo en plenitud de verdad el sentido y el destino de nuestra existencia.

Lo podremos hacer porque tú, Señor, nos has dado ejemplo y nos has comunicado la fuerza de tu Espíritu. Lo podremos hacer si cada día, contigo y como tú, somos obedientes al Padre y cumplimos su voluntad.
Por ello, concédenos escuchar con corazón dócil y generoso toda palabra que sale de la boca de Dios. Así aprenderemos no sólo a «no matar» la vida del hombre, sino también a venerarla, amarla y promoverla.


Séptima palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”

La vida don sagrado de absoluta propiedad de Dios.

Catecismo 2749 Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la "Hora de Jesús" llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el Pantocrátor. Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.

Evangelium vitae N° 33:

Jesús asume plenamente las contradicciones y los riesgos de la vida: «siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2 Co 8, 9). La pobreza de la que habla Pablo no es sólo despojarse de privilegios divinos, sino también compartir las condiciones más humildes y precarias de la vida humana (cf. Flp 2, 6-7). Jesús vive esta pobreza durante toda su vida, hasta el momento culminante de la cruz: «se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre» (Flp 2, 8-9). Es precisamente en su muerte donde Jesús revela toda la grandeza y el valor de la vida, ya que su entrega en la cruz es fuente de vida nueva para todos los hombres (cf. Jn 12, 32). En este peregrinar en medio de las contradicciones y en la misma pérdida de la vida, a Jesús le guía la certeza de que está en las manos del Padre. Por eso puede decirle en la cruz: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23, 46), esto es, mi vida. ¡Qué grande es el valor de la vida humana si el Hijo de Dios la ha asumido y ha hecho de ella el lugar donde se realiza la salvación para toda la humanidad!