Diócesis de Ipiales
Parroquia de la
Santísima Trinidad
Providencia
(Nariño)
Introducción
Cordial saludo para todos.
En la Pascua del año 2016 tuve la grata sorpresa de encontrarme en este
templo con un gran amigo: Padre José Félix Yela Mejía y fue la oportunidad para
en un diálogo familiar recordar muchas cosas; el trabajo que él realizó por
Providencia, algunas cosas de la familia capuchina y bueno no pudo faltar el
tema de la cacería y de su próximo viaje a Cali por motivos de salud. Lo que
nunca me imaginé fue que esa sería la última vez que nos encontraríamos
físicamente. Recuerdo que sentí un poco de nervios cuando comencé a hablar en
este mismo lugar, pero, también fue de alegría cuando estrechó mi mano
felicitándome. Gracias a Dios por su vida y su lucha por una pureza de la fe.
Queridos hermanos en esta oportunidad más que una predicación me he
propuesto el trabajo de colocar ante Ustedes en contacto con la riqueza de la
enseñanza del magisterio de nuestra querida Iglesia Católica, en el contexto de
unas ansias de paz. Todos queremos que llegue un paz con justicia social, con
equidad…
Primera Palabra: "Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen.
1. Lo primero que quiero
invitarlos a pensar es que el perdón es la condición indispensable para una
vida en paz, san Juan Pablo II enseña en la Encíclica Dives in misericordie:
“El mundo de los hombres puede hacerse «cada vez más humano», solamente si en
todas las relaciones recíprocas que plasman su rostro moral introducimos el
momento del perdón, tan esencial al
evangelio. El perdón atestigua que
en el mundo está presente el amor
más fuerte que el pecado. El perdón es además la condición fundamental de la reconciliación, no sólo en la
relación de Dios con el hombre, sino también en las recíprocas relaciones entre
los hombres. Un mundo, del que se eliminase
el perdón, sería solamente un mundo de justicia fría e irrespetuosa, en
nombre de la cual cada uno reivindicaría sus propios derechos respecto a los
demás; así los egoísmos de distintos géneros, adormecidos en el hombre, podrían
transformar la vida y la convivencia
humana en un sistema de opresión de
los más débiles por parte de los más fuertes o en una arena de lucha permanente
de los unos contra los otros” (N° 14).
Varios aspectos a subrayar en este denso texto:
ü El momento del
perdón, esto quiere decir que hay que buscar y ofrecer el perdón que
humanamente es muy esquivo; por una parte, y por otra señala que el perdón es
esencial al evangelio. Esto significa que si queremos ser los discípulos del
Maestro tenemos que ir al encuentro del perdón ya sea en la celebración
sacramental ya en la reconciliación humana, en el trato con los otros.
ü El perdón es el
máximo testimonio del amor, de allí que esta noche es una invitación al perdón
en el seno de nuestra familia, nuestro trabajo y en la vida social de cada uno
de nosotros.
ü El perdón en las condiciones señaladas impedirá
el caer en sistemas de opresión. Esto
quiere decir que el perdón solo es posible gracias al perdón misericordioso
como Dios lo ofrece en su mensaje de salvación en esta noche santa.
2. La iglesia y la
familia auténticos lugares de reconciliación y de paz.
“La Iglesia…lugar de auténtica
reconciliación. Así, perdonados y reconciliados mutuamente, podrán llevar al mundo el perdón y la
reconciliación que Cristo, nuestra paz (cf. Ef 2, 14) ofrece a la humanidad
mediante su Iglesia. En caso contrario el mundo
parecería cada vez más un campo de batalla, donde sólo cuentan los
intereses egoístas y donde reina la ley de la fuerza, que aleja inevitablemente
a la humanidad de la deseada civilización del amor”.
El primer lugar, donde el ser humano debe vivir la experiencia del
perdón amoroso es la familia, así como la familia está llamada a comunicar los
otros valores cristianos está llamada también a comunicar y sobre todo a
testimoniar el perdón en las relaciones de pareja y en las relaciones con sus
hijos; los padres perdonar a los hijos y los hijos perdonar a los padres. La
Iglesia es para el creyente, -como dice el Papa- un “lugar de auténtica
reconciliación”, no solamente en el vivencia del sacramento de la
reconciliación sino al seno mismo de la comunidad cristiana. Es condición que
en ella vivamos el perdón para que podamos de esta manera también ser
mensajeros de perdón, es decir, constructores de la paz.
3. Perdón de todo
corazón al hermano
En el número 2843 del Catecismo de la Iglesia Católica se lee: “Así
adquieren vida las palabras del Señor sobre
el perdón, este Amor que ama hasta
el extremo del amor. La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la
enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial, acaba con esta frase:
"Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano". Allí
es, en efecto, en el fondo "del corazón" donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla;
pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la
ofensa en intercesión”.
Una tarea difícil,
pero, no imposible para el que cree, Jesús de Nazareth nos da el ejemplo con
ese amor extremo manifestado en la cruz y sellado gloriosamente en la
resurrección. Perdón de todo corazón al estilo del perdón amoroso de Dios con
cada uno de nosotros es el ejemplo que hemos recibido de nuestro Maestro del
perdón. Por eso el trabajo primero, en este campo es nuestro corazón ya que es
allí donde la herida del resentimiento, primero, nos ataca y por eso la
enseñanza del Papa dice que en él se ata y se desata el amor o el odio. La
Iglesia como madre que es no desconoce que sentimos la ofensa, “pero el corazón
que se ofrece al Espíritu Santo cambia
la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en
intercesión”. Es decir, que estamos llamados a orar por nuestros enemigos y
solo puede orar por el enemigo aquel que ha perdonado profundamente desde lo
más íntimo de su corazón.
En este mismo sentido, San Juan Pablo II (1997), afirma: “el perdón,
ciertamente, no surge en el hombre
de manera espontánea y natural. Perdonar sinceramente, en ocasiones
puede resultar incluso heroico. El dolor por la pérdida de un hijo, de un
hermano, de los propios padres o de la familia entera por causa de la guerra,
del terrorismo o de acciones criminales, puede llevar a la cerrazón total hacia
el otro. Aquellos que se han quedado sin nada porque han sido despojados de la
tierra y de la casa, los prófugos y cuantos han soportado el ultraje de la
violencia, no pueden dejar de sentir la
tentación del odio y de la venganza. Sólo
el calor de las relaciones humanas caracterizadas por el respeto,
comprensión y acogida pueden ayudarles a superar tales sentimientos. La
experiencia liberadora del perdón, aunque llena de dificultades, puede ser
vivida también por un corazón herido, gracias al poder curativo del amor, que
tiene su primer origen en Dios-Amor.
4. Necesidad de la
oración para llegar a un auténtico perdón.
En el número 2844, el Catecismo, enseña: “La oración cristiana llega
hasta el perdón de los enemigos.
Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración
no puede ser acogido más que en un corazón
acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más
fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de
Jesús. El perdón es la condición
fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los
hombres entre sí.
Este camino no puede ser otro que el camino de la gracia o de la
cristificación de cada uno de los creyentes y por eso el perdón es presentado
como “la cumbre de la oración cristiana”, es por eso, que “el amor es más
fuerte que el pecado”. Pero también es el requisito básico de “reconciliación
de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí”.
La palabra del perdón de Jesús de Nazaret en la cruz tiene todas estas
características y por eso es mandamiento, testimonio y oración.
5. Viviendo la
realidad de un trato filial con el Padre. No se nos ha de olvidar la ternura
con la que nos trata Dios, el Catecismo (N° 2605), dice: “Cuando llega la hora
de cumplir el plan amoroso del Padre, Jesús deja entrever la profundidad
insondable de su plegaria filial, no sólo antes de entregarse libremente
("Abbá... no mi voluntad, sino la tuya": Lc 22,42), sino hasta en sus
últimas palabras en la Cruz, donde orar y entregarse son una sola cosa:
"Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34)”.
Segunda palabra: "Yo te
aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso."
1. El perdón y la
práctica de la misericordia un camino a la eternidad.
En el número 50 de la encíclica Evangelium Vitae se lee: “Con su muerte,
Jesús ilumina el sentido de la vida y de
la muerte de todo ser humano. Antes de morir, Jesús ora al Padre implorando
el perdón para sus perseguidores (cf. Lc 23, 34) y dice al malhechor que le
pide que se acuerde de él en su reino: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en
el paraíso» (Lc 23, 43). Después de su muerte «se abrieron los sepulcros, y
muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron» (Mt 27, 52). La salvación
realizada por Jesús es don de vida y de
resurrección. A lo largo de su existencia, Jesús había dado también la salvación sanando y haciendo el bien a todos (cf.
Hch 10, 38). Pero los milagros, las curaciones y las mismas resurrecciones eran signo de otra salvación,
consistente en el perdón de los pecados, es decir, en liberar al hombre de su
enfermedad más profunda, elevándolo a la vida
misma de Dios.
El sentido de la vida que va más allá de la muerte, es decir, la vida
misma en Dios la promesa de Dios se cumple en el aquí y en el ahora de la
historia: “hoy estarás conmigo en el paraíso”, el pedido del ajusticiado es la
humanidad entera que se reconoce limitada y pide la ayuda de divina ya que ve
en el crucificado al Mesías de Dios. Ese sentido se da en el hecho de una
búsqueda constante de la voluntad de Dios.
De allí que el discípulo siempre está en camino que pasa por la dura
experiencia de la muerte para llegar a la vida de la resurrección la palabra
definitiva de Dios sobre la vida del
hombre. Pero, no se ha de perder de vista que la salvación no es una
conquista humana es un don de Dios, el ser humano lo que hace es colaborar con
el trabajo de la gracia cuando abre su corazón a la misericordia y al perdón.
La obra de salvación manifestada con signos prodigiosos durante el
ministerio público es el signo de la salvación definitiva, la vida misma en el
corazón del misterio de Dios.
2.
La vida de los que han creído y su misterio de comunión con la historia
El Catecismo viene a iluminar esta realidad cuando enseña (N° 1027): “Este
misterio de comunión bienaventurada
con Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda
representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz,
banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso:
"Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo
que Dios preparó para los que le aman" (1 Co 2,9). Son las palabras que la
Palabra de Dios utiliza para hablarnos de esa realidad de la plenitud del Reino
de Dios. Esta es una feliz comunión entre los que todavía caminamos en la
historia y aquellos que ya han compartido el destino definitivo de Jesús de
Nazaret.
Nos se nos ha de olvidar que este año leímos en el evangelio según san
Mateo el sermón de la montaña como el programa de vida del discípulo hacer
acreedor a las bienaventuradas allí planteas. La manifestación definitiva del
Reino en su plenitud es una realidad totalmente nueva tanto así que el
Catecismo afirma dice que no es posible una comprensión y una representación
adecuada y de allí que el Evangelio nos habla en imágenes como luz, banquete,
casa del padre… y por eso recuerda el apóstol Pablo, "lo que ni el ojo
vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para
los que le aman" (1 Co 2,9). No es una comunión en el dolor sino en la
felicidad de Dios.
En el sentido de los que ya han partido para la casa del Padre el
Catecismo agrega(N° 1053): "Creemos que la multitud de aquellas almas que
con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celestial, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como Él es, y
participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los
santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo
glorificado, como quiera que interceden
por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente a nuestra
flaqueza".
La Iglesia celestial o del cielo son aquellos hermanos que nos han
precedido en el signo de la fe y que reciben desde ya los adelantos del Reino
de los cielos para hablar en términos del evangelio según san Mateo.
Tercera palabra "Mujer, ahí
tienes a tu hijo, hijo eh ahí tu madre”.
Una invitación a ver una síntesis de la presencia de la mujer en el
evangelio que la encontramos en la encíclica Madre del Redentor (13), la cual
quiero compartir en esta noche:
Recorriendo las páginas del Evangelio –dice san Juan Pablo II- pasan
ante nuestros ojos un gran número de mujeres, de diversa edad y condición. Nos
encontramos con mujeres aquejadas de enfermedades o de sufrimientos físicos,
como aquella mujer poseída por «un espíritu que la tenía enferma; estaba
encorvada y no podía en modo alguno enderezarse» (Lc 13, 11), o como la suegra
de Simón que estaba «en cama con fiebre» (Mc 1, 30), o como la mujer «que
padecía flujo de sangre» (cf. Mc 5, 25-34) y que no podía tocar a nadie porque
pensaba que su contacto hacía al hombre «impuro». Todas ellas fueron curadas, y
la última, la hemorroísa, que tocó el manto de Jesús «entre la gente» (Mc 5,
27), mereció la alabanza del Señor por su gran fe: «Tu fe te ha salvado» (Mc 5, 34), Encontramos también a la hija de
Jairo a la que Jesús hizo volver a la vida diciéndole con ternura: «Muchacha, a
ti te lo digo, levántate» (Mc 5, 41). En otra ocasión es la viuda de Naim a la
que Jesús devuelve a la vida a su hijo único, acompañando su gesto con una
expresión de afectuosa piedad: «Tuvo compasión de ella y le dijo: "No
llores"» (Lc 7, 13). Finalmente vemos a la mujer cananea, una figura que
mereció de parte de Cristo unas palabras de especial aprecio por su fe, su humildad y por aquella grandeza del espíritu de la que es capaz
sólo el corazón de una madre: «Mujer,
grande es tu fe; que te suceda como deseas» (Mt 15, 28). La mujer cananea
suplicaba la curación de su hija.
Quiero subrayar que además de ver los milagros realizados en la relación
con la mujer, muestran la importancia de la misma en materia del seguimiento
del Señor, y se restituyen a la comunidad para el discipulado, esto hizo que al
pie de la cruz no fueran los discípulos los que estuvieran sino las mujeres que
de lejos miraron la muerte de Jesús, si seguimos la versión sinóptica (Mateo,
Marcos y Lucas) y el evangelio según San Juan que en el momento cumbre de la
glorificación coloca al pie de la cruz a María Madre de Jesús y junto a ella al
discipulado amado. Son ellos el testimonio de la fidelidad del seguimiento. Por
tanto es todo un camino de seguimiento.
María Santísima no es la excepción ella también ha hecho el camino de la
fe que es en lo que insiste San Juan Pablo en su Encíclica, la fe. De allí que
nuevamente debemos volver los ojos a la mujer madre comunicadora de los valores
familiares, culturales y lógicamente los valores de la fe. Por eso pensamos que
esta semana santa debemos hablar de la mujer como constructora de la paz ya que
ella con su ternura y amor filial puede contribuir también a estos valores. Y
colocamos esta tarea bajo la protección de nuestra Madre la Virgen Santísima.
Siguiendo la estructura literaria del cuarto evangelio que plantea que
la obra después del prólogo se puede dividir en dos partes la primera que
concluiría en el capítulo 13 y cuyo tema de corte es el tema de la hora y cuyo
eje temático es la venida del Hijo al mundo y su acción histórica. En ese
sentido el documento que venimos citando dice:
Si el pasaje del
Evangelio de Juan sobre el hecho de Caná presenta la maternidad solícita de María al comienzo de la actividad mesiánica
de Cristo, otro pasaje del mismo Evangelio confirma
esta maternidad de María en la economía salvífica de la gracia en su momento culminante, es decir cuando
se realiza el sacrificio de la cruz de Cristo, su misterio pascual.
(Madre del Redentor
N° 23).
Dos aspectos que quiero que consideremos, en primer lugar, lo que el
documento llama la “maternidad solícita” de María madre de Jesús. Ella cuida
con amor maternal de todos nosotros más allá de nuestros pedidos porque está
ahí en el corazón de la dificultad y de los problemas y por eso no entiende
desde dentro, popularmente, decimos que no es fácil estar en los zapatos de
otro. Pero, no hay que olvidar que este
cuidado es especial es sobrenatural y es cercano como el cuidado de mamá con
sus hijos que ama.
La descripción de Juan es concisa:
"Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre,
María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a
ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu
hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora
el discípulo la acogió en su casa" (Jn. 19, 25-27)
En segundo lugar, esta misión maternal de María Santísima es confirmada
por su hijo Jesús en el momento cumbre de su sacrificio, en el momento de la
hora para utilizar los términos del cuarto evangelio. El santo padre dice: “La
descripción de Juan es concisa: "Junto a la cruz de Jesús estaban su madre
y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús,
viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu
madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn. 19,
25-27). La tradición siempre ha reconocido en el discípulo a quien Jesús amaba
a la Iglesia y por ello proclama en su Magisterio a María madre de Jesús como
madre de la Iglesia, es decir, nuestra madre.
En este mismo sentido el N° 44 de la Encíclica que venimos citando nos
da un elemento más de orientación:
Se descubre aquí el valor real de las
palabras dichas por Jesús a su madre cuando estaba en la cruz: "Mujer, ahí
tienes a tu hijo" y al discípulo: "Ahí tienes a tu madre" (Jn.
19, 26-27). Son palabras que determinan
el lugar de María en la vida de los discípulos de Cristo y expresan -como
he dicho ya- su nueva maternidad como
madre del redentor: la maternidad espiritual, nacida de lo profundo del misterio pascual del redentor del mundo.
Es una maternidad en el orden de la
gracia, porque implora el don del
Espíritu Santo que suscita los
nuevos hijos de Dios, redimidos mediante el sacrificio de Cristo: aquel
Espíritu que, junto con la Iglesia, María
ha recibido también el día de Pentecostés.
Cuarta palabra: "¡Dios mío, Dios
mío!, ¿por qué me has abandonado?"
Confianza absoluta en el Padre…
Esta frase como he compartid en otras ocasiones es el comienzo del salmo
22 (21) y hay que entender esta palabra en el contexto del salmo en mención,
muy probablemente Jesús oró con todo el salmo. De allí que en esta palabra los
invito primero a que demos una mirada al salmo y ojalá en casa lo leamos
completo.
Comentario
El salmo describe el terrible sufrimiento del
siervo de Yahaveh, no obstante hay que observar que parte la oración del
reconocer la Santidad de Dios y que Él es la esperanza de Israel. También el
salmista presenta las reacciones de la gente frente al terrible sufrimiento, en
los versículos 7 -8, se lee: “Y yo,
gusano, que no hombre, vergüenza del vulgo, asco del pueblo, todos los que me ven de mí se mofan”.
Desde
la situación desgarradora del
sufrimiento del siervo se eleva un oración de confianza, frases como las
siguientes dan razón de esta afirmación: “En
ti esperaron nuestros padres, esperaron y tú los liberaste (V. 5); es de Yahveh el imperio, del señor de
las naciones(29); sí, tú del vientre me sacaste, me diste confianza a los pechos de mi madre (10) y Porque no
ha despreciado ni ha desdeñado la miseria del mísero; no le ocultó su rostro, mas cuando le invocaba le escuchó”.
También profetiza tiempos nuevos los de la
presencia Mesiánica: “Los pobres comerán,
quedarán hartos” (v. 27); y coloca el origen de la oración “De ti viene mi alabanza en la gran
asamblea, mis votos cumpliré ante los que le temen” (26). El acontecimiento se convertirá en anuncio: “¡Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en
medio de la asamblea te alabaré! (v. 23) y “le servirá su descendencia: ella
hablará del Señor a la edad venidera, contará su justicia al pueblo por nacer: Esto hizo él” (vv. 31-329).
El
reconocimiento final: “Ante él solo se postrarán todos los poderosos de la
tierra, ante él se doblarán cuantos bajan al polvo” (v. 30); “ante
él se postrarán todas las familias de las gentes” (v. 28). No olvidemos que
todo el salmo está en el contexto de una oración profunda.
Nuestro
país y también el cristianismo vive la dolorosa experiencia división el santo
Padre en el contexto de la reconciliación dice:
Precisamente ante el doloroso cuadro
de las divisiones y de las dificultades de la reconciliación entre los hombres,
invito a mirar hacia el misterio de la cruz como al drama más alto en el que Cristo percibe y
sufre hasta el fondo el drama de la
división del hombre con respecto a Dios, hasta el punto de gritar con las
palabras del Salmista: «Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?»,
llevando a cabo, al mismo tiempo, nuestra propia reconciliación (Exhortación apostólica
sobre la misericordia N° 7).
En la interpretación del Santo Padre las palabras pronunciadas por Jesús
en la cruz llevan a cabo nuestra propia reconciliación. “Nosotros sabemos, en efecto, -dice el Papa-,que tal
reconciliación entre los mismos no es y no puede ser sino el fruto del acto
redentor de Cristo, muerto y resucitado para derrotar el reino del pecado,
restablecer la alianza con Dios y de este modo derribar el muro de separación
que el pecado había levantado entre los hombres”.
Después de las palabras en Getsemaní vienen las pronunciadas en el
Gólgota, que atestiguan esta profundidad -única en la historia del mundo- del
mal del sufrimiento que se padece. Cuando Cristo dice: «Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?», sus palabras no son sólo expresión de aquel
abandono que varias veces se hacía sentir en el Antiguo Testamento, especialmente
en los Salmos y concretamente en el Salmo 22 [21], del que proceden las
palabras citadas.
Puede decirse que estas palabras sobre el abandono nacen en el terreno
de la inseparable unión del Hijo con el Padre, y nacen porque el Padre «cargó
sobre él la iniquidad de todos nosotros» y sobre la idea de lo que dirá San
Pablo: «A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros». Junto con
este horrible peso, midiendo «todo» el mal de dar las espaldas a Dios,
contenido en el pecado, Cristo, mediante la profundidad divina de la unión
filial con el Padre, percibe de manera humanamente inexplicable este
sufrimiento que es la separación, el rechazo del Padre, la ruptura con Dios.
Pero precisamente mediante tal sufrimiento El realiza la Redención, y expirando
puede decir: «Todo está acabado». (Salvifici doloris N 18).
San Juan de la Cruz “escribió ciertamente una de las páginas más sublimes
de la literatura cristiana. Cristo vivió el sufrimiento en todo su rigor hasta
la muerte de cruz. Sobre Él se concentran en los últimos momentos las formas
más duras del dolor físico, psicológico y espiritual: "¡Dios mío, Dios
mío! ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27, 46). Este sufrimiento atroz
provocado por el odio y la mentira, tiene
un profundo valor redentor. Estaba ordenado a que "puramente pagase la
deuda y uniese al hombre con Dios". Con su entrega amorosa al Padre, en el momento del mayor desamparo y del amor
más grande, "hizo la mayor obra que en toda su vida con milagros y
obras había hecho, ni en la tierra ni en el cielo, que fue reconciliar y unir al género humano por gracia con Dios". El
misterio de la cruz de Cristo desvela así la gravedad del pecado y la
inmensidad del amor del Redentor del hombre (Carta apostólica maestro en la fe
n 16)
Varias cosas a resaltar en este texto de la carta apostólica Maestro en
la fe:
ü Valor redentor del
sacrificio de la cruz
ü Momento de mayor
desamparo y de mayor amor que se convierte en la obra más grande de la obra
redentora: “reconciliar y unir al género humano por gracia con Dios”.
ü Gravedad del pecado
y la inmensidad del amor Redentor del hombre.
En nuestra vida de fe, “el misterio de la cruz de Cristo es referencia
habitual y norma de vida cristiana… la fe se convierte en llama de caridad, más fuerte que la muerte, semilla y fruto de resurrección: "No piense otra cosa -escribe
el santo en un momento de prueba- sino que todo lo ordena Dios; y adonde no hay
amor, ponga amor, y sacará amor". Porque, en definitiva: "A la tarde
te examinarán en el amor" (Carta apostólica maestro en la fe n 16).
Llama caridad más fuerte que la muerte.
Semilla y fruto de la resurrección.
A la tarde te examinarán sobre el amor.
Quinta Palabra: “Tengo sed”.
¿Cuál es tu sed? Poder, fama, prestigio, idolatría…
Sed opuesta a la voluntad del Padre en uno de los documentos (solicitudo
rei sociales N° 37) el santo Padre dice:
A este análisis genérico de orden religioso se pueden añadir algunas
consideraciones particulares, para indicar que entre las opiniones y actitudes opuestas a la voluntad divina y al bien del
prójimo y las "estructuras" que conllevan, dos parecen ser las
más características: el afán de ganancia
exclusiva, por una parte; y por otra, la
sed de poder, con el propósito de imponer
a los demás la propia voluntad. A cada una de estas actitudes podría
añadirse, para caracterizarlas aún mejor, la expresión: "a cualquier precio". En otras palabras, nos hallamos
ante la absolutización de actitudes humanas, con todas sus posibles
consecuencias… Y como es obvio, no son
solamente los individuos quienes pueden ser víctimas de estas dos actitudes
de pecado; pueden serlo también las
naciones y los bloques. Y esto favorece mayormente la introducción de las "estructuras d pecado", de
las cuales he hablado antes. Si ciertas formas de "imperialismo"
moderno se considerarán a la luz de estos criterios morales, se descubriría que
bajo ciertas decisiones, aparentemente inspiradas solamente por la economía o
la política, se ocultan verdaderas formas de idolatría: dinero, ideología,
clase social y tecnología.
Sed en este mensaje la tomamos en el sentido figurado, entendido como un
deseo profundo del ser humano sabiendo que éste no siempre desea lo bueno o lo
mejor desde el punto de vista ético o moral. Puede haber una sed que no es la
sed de divina sino la sed del ser humano lejos de Dios y por eso como es
cuchado es opuesta a la voluntad de Dios y al bien del prójimo. Por encima de
esto está la ganancia desmedida y el abuso del poder porque no se hace en el
sentido evangélico del servicio sino para imponer mi propia voluntad y es ahí
dónde está el pecado. Y el Papa agrega una frase muy común hoy entre nosotros
“a cualquier precio”. De estos somos víctimas las personas y también los
bloques económicos.
Podríamos seguir señalando muchos más ejemplos de la sed del ser humano
no acordes con la voluntad de Dios. La sed de Jesús en la cruz es la sed de
hacer la voluntad del Padre. Hoy más que nunca hay en Colombia una sed de paz,
que como decíamos al comienzo no se pude dar sin una construcción social, sin
una justicia, sin fuentes de trabajo, sin salarios justos, sin igualdad de
oportunidades.
“La vida según el Espíritu, -dice el Papa, siguiendo a san Pablo-, cuyo
fruto es la santificación (cf. Rm 6, 22; Gál 5, 22), suscita y exige de todos y
de cada uno de los bautizados el
seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y
sacramental de la Iglesia, en la oración
individual, familiar y comunitaria, en el hambre
y sed de justicia, en el llevar a la
práctica el mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y
en el servicio a los hermanos,
especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres y de los que
sufren” (Cristi Fedelis Laici N° 16).
El Santo Padre nos traza un camino a seguir que no es otro que el camino
del Evangelio: seguimiento de Cristo, recibiendo las bienaventuranzas,
meditando la Palabra de Dios, participación consciente y activa de la vida
sacramental, la oración (que debe ser individual, familiar y comunitaria),
deseo profundo de la justicia, practicar el mandamiento del amor y el servicio
a los hermanos.
Siguiendo esta invitación del Papa y de las circunstancias que vive
nuestro país les invito en esta noche de viernes santo a que meditemos en la
bienaventuranza: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán
llamados hijos de Dios”(Mt 5, 9). “Por otra parte, es completamente
insuprimible la aspiración de los individuos y de los pueblos al inestimable
bien de la paz en la justicia. La bienaventuranza evangélica: "dichosos
los que obran la paz" (Mt 5,9) encuentra en los hombres de nuestro tiempo
una nueva y significativa resonancia: para que vengan la paz y la justicia,
enteras poblaciones viven, sufren y trabajan.
La participación de tantas personas y grupos en la vida social es hoy el
camino más recorrido para que la paz anhelada se haga realidad. En este camino
encontramos a tantos fieles laicos que se han empeñado generosamente en el
campo social y político, y de los modos más diversos, sean institucionales o bien
de asistencia voluntaria y de servicio a los necesitados. Es decir “obras son
amores y no buenas razones”, pregona el dicho popular.
La sed mayor del creyente, es decir, el deseo más profundo debe ser a
ejemplo de su Maestro: hacer la voluntad del Padre, por eso el N° 606 del
Catecismo se lee:
“El Hijo de Dios "bajado del cielo no para hacer su voluntad sino
la del Padre que le ha enviado" (Jn 6,38), "al entrar en este mundo,
dice: ... He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad... En virtud de
esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre
del cuerpo de Jesucristo" (Heb 10,5-10). Desde el primer instante de su
Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión
redentora: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y
llevar a cabo su obra" (Jn 4,34). El sacrificio de Jesús "por los
pecados del mundo entero" (1 Jn 2,2), es la expresión de su comunión de
amor con el Padre: "El Padre me ama porque doy mi vida" (Jn 10,17).
"El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha
ordenado" (Jn 14,31).
Este rico texto del Magisterio de nuestra Iglesia hace una iluminación
bíblica y a la vez una síntesis para mostrar el hecho de que Jesús vino para
hacer la voluntad del Padre, desde la Encarnación hasta la Pascua. Por eso la
invitación a interiorizar en nosotros la voluntad de Dios y la pregunta
constante para discernir: ¿Lo que voy a hacer es la voluntad de Dios o es mi
propia voluntad caprichosa la que prima en mis decisiones? Por eso mismo este
mismo documento en el N° siguiente señala: “Este deseo de aceptar el designio
de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión
redentora es la razón de ser de su Encarnación: "¡Padre líbrame de esta
hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!" (Jn 12,27). "El
cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?" (Jn 18,11). Y todavía
en la cruz, antes de que "todo esté cumplido", dice: "Tengo
sed" (Jn 19,28).(N° 607).
Sexta palabra: “Todo está cumplido.”
Una nueva sociedad que comienza
San Juan Pablo II escribe: “Existe, sin embargo, otro hecho concreto que
llama mi atención y me hace meditar con emoción: «Cuando tomó Jesús el vinagre,
dijo: "Todo está cumplido". E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu»
(Jn 19, 30). Y el soldado romano «le atravesó el costado con una lanza y al
instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34), (Evangelium vitae 51).
“Todo ha alcanzado ya su pleno cumplimiento. La «entrega del espíritu»
presenta la muerte de Jesús semejante a la de cualquier otro ser humano, pero
parece aludir también al «don del
Espíritu», con el que nos rescata de la muerte y nos abre a una vida nueva”.
Es importante ver como el Santo Padre nos da dos elementos importantes para la
reflexión: esta palabra representa la muerte de Jesús similar a la de cualquier
ser humano y a la vez don del Espíritu que nos rescata de la muerte y nos abre
el camino a una vida nueva en Dios.
“El hombre participa de la misma vida de Dios. Es la vida que, mediante
los sacramentos de la Iglesia -de los que son símbolo la sangre y el agua
manados del costado de Cristo-, se comunica continuamente a los hijos de Dios,
constituidos así como pueblo de la nueva alianza. De la cruz, fuente de vida,
nace y se propaga el «pueblo de la vida».” Gran regalo desde la cruz de Jesús
la vida sacramental que prolonga en la historia y hasta la plenitud el misterio
de la muerte y resurrección de Jesucristo.
“La contemplación de la cruz nos lleva, de este modo, a las raíces más
profundas de cuanto ha sucedido. Jesús, que entrando en el mundo había dicho:
«He aquí que vengo, Señor, a hacer tu voluntad» (cf. Hb 10, 9), se hizo en todo
obediente al Padre y, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1), se
entregó a sí mismo por ellos”.
Él, que no había «venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida
como rescate por muchos» (Mc 10, 45), alcanza en la cruz la plenitud del amor.
«Nadie tiene mayor amor, que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Y
él murió por nosotros siendo todavía nosotros pecadores (cf. Rm 5, 8). De este
modo proclama que la vida encuentra su centro, su sentido y su plenitud cuando
se entrega.
En este punto la meditación se hace alabanza y agradecimiento y, al
mismo tiempo, nos invita a imitar a Jesús y a seguir sus huellas (cf. 1 P 2,
21).
También nosotros estamos llamados a dar nuestra vida por los hermanos,
realizando de este modo en plenitud de verdad el sentido y el destino de
nuestra existencia.
Lo podremos hacer porque tú, Señor, nos has dado ejemplo y nos has
comunicado la fuerza de tu Espíritu. Lo podremos hacer si cada día, contigo y
como tú, somos obedientes al Padre y cumplimos su voluntad.
Por ello, concédenos escuchar con corazón dócil y generoso toda palabra
que sale de la boca de Dios. Así aprenderemos no sólo a «no matar» la vida del
hombre, sino también a venerarla, amarla y promoverla.
Séptima palabra: “Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu.”
La vida don sagrado de absoluta propiedad de Dios.
Catecismo 2749 Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración,
al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La
oración de la "Hora de Jesús" llena los últimos tiempos y los lleva
hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega
enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana
debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha
hecho Siervo, es el Señor, el Pantocrátor. Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por
nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.
Evangelium vitae N° 33:
Jesús asume plenamente las contradicciones
y los riesgos de la vida: «siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de
que os enriquecierais con su pobreza» (2 Co 8, 9). La pobreza de la que habla
Pablo no es sólo despojarse de privilegios divinos, sino también compartir las
condiciones más humildes y precarias de la vida humana (cf. Flp 2, 6-7). Jesús
vive esta pobreza durante toda su vida, hasta el momento culminante de la cruz:
«se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo
cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre» (Flp 2,
8-9). Es precisamente en su muerte donde Jesús revela toda la grandeza y el
valor de la vida, ya que su entrega en
la cruz es fuente de vida nueva para todos los hombres (cf. Jn 12, 32). En
este peregrinar en medio de las contradicciones y en la misma pérdida de la
vida, a Jesús le guía la certeza de que
está en las manos del Padre. Por eso puede decirle en la cruz: «Padre, en
tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23, 46), esto es, mi vida. ¡Qué grande es el valor de la vida humana
si el Hijo de Dios la ha asumido y ha hecho de ella el lugar donde se realiza
la salvación para toda la humanidad!
